… y se descubrió pensando que quizás la dignidad es más atractiva que la insistencia, una vez que tomó forma en su cabeza la posibilidad, real, de que ese ultimo adiós no estuviera maquillando un hasta luego, como diría el gallego. La dignidad, entendida como el asumir la propia valía, (como el dejarte ir, no tratar más de que veas que entiendas que sientas, lo que para mí es evidente, que te amo y me amás y somos compañeros, yo tuyo vos mía).
Mientras ese perturbador, doloroso, desgarrador pensamiento se ponía cómodo dentro suyo, decidió ponerse a ordenar la casa. Como si sacando el polvo de la estantería de los libros pudiera ahuyentar, también, la pena. Con la mirada perdida en un ayer que ya no ya nunca (nunca?) sería hoy, se encontró de golpe con un cuadernito viejo y vivido. Y las palabras lo golpearon como la primera vez…
Ya no
Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo ni nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
La tristeza dio paso, lentamente, a la calma. La dignidad es más atractiva ahora, tiene que serlo para mí, para nadie más, se repitió, bajito, cada uno entiende lo que puede del amor, crea y cree lo que necesita para vivir. Aprender a dejarla ir con serenidad, eso tengo que hacer, murmuraba para sí, mientras hacía una grulla de papel (resabios de la clase de origami que empezaron y abandonaron juntos) con el amarillento poema. Abrió la ventana, respiró hondo, y la soltó en el viento. Como una plegaria, las notas de una canción, un beso en las puntas de sus dedos.