Dentro del conjunto de los terribles flagelos de esta nefasta y sobrestimada estación, se encuentran los siguientes:
-Las inefables placas de crónica anunciando su comienzo y también la falta de 182 días para la llegada del otoño. Todo esto al ritmo del imperativo tema cantado por Ringo Bonnavena “pio pio pio, pio pio pa siempre en primavera hay que festejar” ¿y si no tengo ganas de festejar, qué? Voy a tener que festejar porque Crónica y su canción así me lo exijan. No loco, basta con el fascismo de la alegría, déjennos ser felizmente tristes.
-No está de más referirse también a las numerosas bajas (sobre todo en niños, ancianos, hámsters y otras mascotas) causadas por tremebundas alergias y el omnipresente asma producto del polen y otras porquerías que cunden en el ambiente a causa del conocido viento primaveral que como si fuera poco también se lleva consigo las chapas de incipientes o ya avanzados pelados que ven de esta manera aún más comprometida su ya castigada estética.
-Por último, tampoco debemos olvidar que esta maldita estación dio origen a los célebremente intolerables monólogos del paupérrimo humorista (si es que cabe este sustantivo) Mario Sánchez acerca de las flores y los pajaritos.
Otras contras menos atendidas son:
-Proliferación de insectos.
-Estudiantes repletos de hormonas tomando el parque, las plazas y demás paseos públicos que dejan de ser públicos para pertenecerle a ellos.
-Alargamiento de los días, acortamiento de la noche y su consecuencia para aquellos que disfrutamos más la noche que el día.
-La tremenda tristeza que sentimos los amantes del invierno al darnos cuenta que nunca falta tanto para que llegue esta estación como el 21 de septiembre.
(texto enviado por mi queridisimo b., que sabe cuánto me reflejan estas palabras.)
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