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domingo, 18 de diciembre de 2011
quiero
que hoy ganen las ganas, hoy quiero mimos y rosas, y risas y rollos, discutir sobre el arte y la música en estos tiempos nuestros, quiero. y que encuentres mis marcas escondidas, que me dejaron la vida y la varicela puestitas en el cuerpo, quiero que preparemos el mate y vayamos al río, como quien sin quererlo va y lo hace, comos dos paseantes distraidos. quiero todo eso, y hasta algo que no me ocurre porque se nos va a ocurrir a los dos.
jueves, 8 de diciembre de 2011
del oliverio
Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W. C.
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia... de un egoísmo... de una falta de tacto...
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de trasatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda.
lunes, 5 de diciembre de 2011
es de noche. estamos lejos, estás en peligro, me llamás y yo corro, corro sin descanso, y no llego, no llego nunca pero me llamás sin pausa, sin detenerme corro pero en un momento me doy cuenta que no me estoy moviendo, no voy a llegar porque no puedo moverme ni un centímetro, mientras tu voz me reclama y no. no llego,
me despierto, asustada, impotente, y estás ahi, al lado, durmiendo en paz, te abrazo entonces, respiro hondo la calidez de tu piel, me amoldo a tu cuerpo para sostenenerme, para recuperar la certeza de tu presencia a mi lado, para saberte a salvo, para salvarme del abismo de tu distancia.
me despierto, asustada, impotente, y estás ahi, al lado, durmiendo en paz, te abrazo entonces, respiro hondo la calidez de tu piel, me amoldo a tu cuerpo para sostenenerme, para recuperar la certeza de tu presencia a mi lado, para saberte a salvo, para salvarme del abismo de tu distancia.
domingo, 20 de noviembre de 2011
en dos días cumplo 30. es decir, este es el ultimo domingo de veintitantos. vengo amenazando crisis, y de hecho sirvió como impulso para replantearme caminos, laburos, gentes, y en general, para preguntarme adonde se va mi energía, a quien se la regalo, quien la potencia, por donde sigo buscando las resonancias y las respuestas a estas preguntas todas cambiadas.
a los 20 decía que, antes de los 30, quería mudarme de la casa de madre (en verdad, antes de los 25, pero bueno, ya sabemos, la vida, el destino, el 2001, los federales, la puta tesis, en fin, digamos que me demoré). antes de los 30, ya me mudé dos veces. a los 20 sospechaba que vivir intensamente era riesgoso, y me atraía, pero no me animaba a vivir la intensidad: la comodidad de lo seguro y la estructura rígidisima de lo que hay que hacer y la distinción tan clara para mi en ese momento de lo que está bien de lo que está mal, me seducían más. ahora, me dan ganas de ir a abrazar a esa chica y decirle que se relaje, que no es para tanto, que nada es para tanto ni para siempre, salvo morirse. y es que cuando cumplí 20 todavía me pude enojar con mi viejo por no estar ese día en casa, porque estaba laburando en el campo. llegó al otro día, con una bolsa enorme de bocaditos holanda, para hacerse perdonar. ahora me enojo porque no va a llegar nunca más, me enojo pero se me pasa, lloro un rato cada tanto por esa ausencia que tiene tantas máscaras.
a los casi 30 pienso en los afanes estos de definir quiénes somos, hacia donde vamos, buscar las palabras que nos digan. y me doy más permisos para sentir, para probar, para decir. porque la alternativa es negar, negar todo lo que no cuadre, ponele, y el dolor que viene con eso no lo quiero más. basta de que explote en el cuerpo lo que la boca no dice. entonces me permito fluir mis identidades: laborales, familiares, sociales, sexuales, a ver qué pasa, a donde lleva, correrme del relato que hacen de mi los que están afuera, y repasar el relato que hacemos de nosotras, las que estamos adentro de este coco, en asamblea permanente.
a los 20 decía que, antes de los 30, quería mudarme de la casa de madre (en verdad, antes de los 25, pero bueno, ya sabemos, la vida, el destino, el 2001, los federales, la puta tesis, en fin, digamos que me demoré). antes de los 30, ya me mudé dos veces. a los 20 sospechaba que vivir intensamente era riesgoso, y me atraía, pero no me animaba a vivir la intensidad: la comodidad de lo seguro y la estructura rígidisima de lo que hay que hacer y la distinción tan clara para mi en ese momento de lo que está bien de lo que está mal, me seducían más. ahora, me dan ganas de ir a abrazar a esa chica y decirle que se relaje, que no es para tanto, que nada es para tanto ni para siempre, salvo morirse. y es que cuando cumplí 20 todavía me pude enojar con mi viejo por no estar ese día en casa, porque estaba laburando en el campo. llegó al otro día, con una bolsa enorme de bocaditos holanda, para hacerse perdonar. ahora me enojo porque no va a llegar nunca más, me enojo pero se me pasa, lloro un rato cada tanto por esa ausencia que tiene tantas máscaras.
a los casi 30 pienso en los afanes estos de definir quiénes somos, hacia donde vamos, buscar las palabras que nos digan. y me doy más permisos para sentir, para probar, para decir. porque la alternativa es negar, negar todo lo que no cuadre, ponele, y el dolor que viene con eso no lo quiero más. basta de que explote en el cuerpo lo que la boca no dice. entonces me permito fluir mis identidades: laborales, familiares, sociales, sexuales, a ver qué pasa, a donde lleva, correrme del relato que hacen de mi los que están afuera, y repasar el relato que hacemos de nosotras, las que estamos adentro de este coco, en asamblea permanente.
sábado, 19 de noviembre de 2011
no es tanto que las coincidencias de gustos, sentidos del humor, modos de besarse, lecturas, músicas, posiciones ideológicas, etc., definan de modo inequívoco el éxito (si existen) o el fracaso (si no) de las relaciones. es que a veces, a la gente rara que llora con las historias que salieron de la imaginación de otro, que respira música todo el tiempo, que se le ocurren tres o cuatro vueltas sobre un mismo tema, por ejemplo, se siente sola cuando se puede compartir con el alrededor apenas una parte de esos muchos intereses, casi siempre editados. cuando hay que cerrar temas de conversación porque son callejones sin salida cada vez que se intenta pasar por ellos, arrecia el cansancio a veces. entonces se trata de compartir una sensibilidad que nos permita codearnos y sonreir sin tener que dar tantas explicaciones. es bajar los filtros, disfrutar de ver en los ojos de otro el mismo deleite por lo más nimio, lo más inexplicable y lo más propio también.
por supuesto, no garantiza nada, porque si a veces ni el amor sólo alcanza para no hacernos daño, cómo van a poder las coincidencias, pobrecitas ellas.
por supuesto, no garantiza nada, porque si a veces ni el amor sólo alcanza para no hacernos daño, cómo van a poder las coincidencias, pobrecitas ellas.
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